Siete mil años de soportes sagrados
Antes de ser un objeto decorativo, el portainciensos fue una herramienta ritual. Ya en la Antigüedad sumeria (4000 a. C.), unos platillos de arcilla recogían las brasas sagradas. El Egipto faraónico refina la práctica: la tumba de Tutankamón contenía varios incensarios de bronce y alabastro.
En el mundo grecorromano y luego cristiano, el incensario litúrgico de cadenas (que se balancea durante los oficios) se convierte en el objeto sagrado por excelencia. En Asia, paralelamente, nacen el xiānglú chino (dinastía Han, s. II a. C.) y luego el kōro japonés (importado a través de la ruta de la seda en el s. VI).
Hoy, estas tradiciones conviven con formas contemporáneas —fuentes de cascada de reflujo, incensarios eléctricos sin cable— que prolongan este gesto milenario en nuestros espacios modernos. Para profundizar en la historia del incienso, consulte la síntesis de Wikipedia sobre la ruta del incienso.



